Jaime Alcantara S.
Desde la llegada de Jorge Carlos Ramírez Marín a la SEDATU, la atención a las zonas de riesgos, ha sido una de sus grandes tareas. Con áreas muy bien identificadas, desde lo eminentemente agrario (de la antigua SRA), hasta la vivienda y el ordenamiento territorial (asignatura importante) considerada prioridad por la importancia del tema, el concepto integral está funcionando.
Como sabemos, la afectación de vivienda y vías primarias en zonas urbanas, originadas por sismos, ciclones o marejadas, tienen la atención inmediata de esta Dependencia. Y no son pocos los casos en los que se ha reaccionado con la rapidez que el caso amerita. Igual en Guerrero (donde han cambiado de ubicación miles de familias por las lluvias excesivas) que en Campeche; en Oaxaca, en Veracruz o en Quintana Roo.
Ahora es Chiapas. Algo inusual está pasando debajo de la tierra y en los cielos del mundo. Con un sismo de 6.9 grados, esa Entidad quedó afectada en 38 Municipios. Las zonas, como está dividido el Estado y que sufrieron daños son: la Costa, el Soconusco Bajo, el Soconusco Alto, la Sierra y la Frailesca. Para mejor entendimiento, a quienes no conocen esa hermosa Entidad, las principales cabeceras son Tonalá, Huixtla, Tapachula, Motozintla y Villaflores (en el mismo orden, de las zonas).
Más de 12 mil viviendas fueron reportadas con daños, desde menores hasta pérdida total o reubicación. Moradas, construidas en la ribera de un río o la ladera de un monte; casas hechas de mampostería o de paja (tipo palapa), o de madera; sin importar el material o el suelo, vieron lo imponente que resulta un movimiento de este tipo.
Y la tarea es complicada, difícil; por la geografía, por las costumbres, por lo emocional que resulta una pérdida, de esa manera. Pero el gobernante tiene la obligación de atender a los afectados, de forma inmediata, como ha estado ocurriendo en últimas fechas (menos de 12 horas, para los primeros apoyos. Todo un record).
En recorrido por las zonas, de Ramírez Marín con el Gobernador del Estado, las escenas sobrecogían. Algunas viviendas parecían polvorones, derivado del movimiento sísmico.
Edificaciones grandes, de hasta tres o cuatro pisos, como en Huixtla, o viviendas resquebrajadas e inservibles como en Cacahoatán o en Albino Corzo. Y el pánico, el temor, la inseguridad por el futuro inmediato.
A la visita de tales autoridades, la gente se acercaba para llamarlos; que dieran fe de lo afectado por la naturaleza.
Y de todos estos municipios, de todas las viviendas reportadas, el saldo de los fallecidos fueron tres. Lo ideal es que no hubiera sido ninguno. Lo real, es que la cultura de la prevención también jugó un papel muy importante. Las seis de la mañana no coincide con labores o estudios escolares. Poca gente en el trabajo, pero con el inconveniente de la hora.
De todos modos, estuvieran donde estuvieran, la gente sabía qué hacer. Por eso, afortunadamente, la cifra tan baja, en comparación con la magnitud. Igual en Guerrero, en el último movimiento telúrico, sin víctimas qué lamentar.
El trabajo conjunto de la SEDATU, Estado y Municipios, dio rapidez en los resultados, para que puedan contabilizarse los daños y encontrar las soluciones necesarias.
La pobreza, por supuesto, juega un papel importante. A menores recursos, la construcción es más endeble. Pero esta vez, como en muchas otras, por la dimensión, inmuebles aparentemente bien construidos vieron perjudicadas sus estructuras.
Pero, insisto, la prevención ha jugado un papel vital. Lo que se haga, por la disposición de la autoridad, es material (importantísimo, claro); pero una pérdida humana es irreparable. De allí que se busque, invariablemente, que ante cualquier fenómeno, la gente esté preparada.
Vivimos en zona de riesgos.