REDACCION.- Las fascinantes obras de Igor Stravinsky para piano y orquesta siempre han sido aclamados por la crítica; por lo tanto, es una sorpresa que el Concierto para piano e instrumentos de viento, así como el Capriccio para piano y orquesta sólo se puede encontrar en muy pocos registros.
Estas dos composiciones ahora se destacan por una de las orquestas de radio más importantes de Alemania, La Orquesta Sinfónica de Berlín (RSB), bajo la dirección de la reconocida directora de orquesta Alondra de la Parra, junto con el joven pianista Alexej Gorlatch. La Orquesta Sinfónica de Berlín y Alondra de la Parra ya han realizado obras de Stravinsky en el escenario con gran éxito y son la combinación perfecta de precisión rítmica con un estilo fascinante y vibrante. Alexej Gorlatch da el toque final tocando la Sonata para piano en fa sostenido menor, compuesta por Stravinsky a los veinte años.
CONCIERTO: Sólo hay dos colores: blanco y negro; no es de sorprenderse para un concierto de piano, diría el lector sin dudarlo, ya que con un solo vistazo a las teclas del piano es lo que uno supone. Sin embargo, Stravinsky admitió después, que en un principio no se dio cuenta de que la pieza tomaría la forma de un concierto para piano y orquesta. “Gradualmente, mientras me encontraba ya componiendo, me percaté que el material musical se podría usar con mayor ventaja para el piano, cuyos recursos polifónicos y sonoridades limpias y claras se adaptaban a la aridez y claridad que yo buscaba en la estructura de la música que había compuesto”.
El inicio neobarroco con un La menor adulterado es sólo el portal que lleva a la activa interacción de los ritmos angulares que pasan de un lado a otro como esferas entre los grupos instrumentales arreglados de manera ascética y la seca claridad del piano, el cual continúa con su ímpetu rítmico y ataca lo que lo rodea con cambios complejos de métrica entre tempos ternarios y binarios.
Los alientos se fusionan entre sí para crear lo que pareciera ser registros de órganos, mientras que el timbal y los contrabajos asumen juntos la función percusiva. El impulsivo momento no cede ni un solo momento, quien escucha recordará el movimiento final del famoso Doble Concierto de Bach. En sólo algunas ocasiones, el moto perpetuo, parecido al zumbido de una máquina de coser, se ve alterado interrumpido por síncopas de jazz, brevemente enredándose en sofisticadas texturas de contrapunto, luego expandiéndose en un pasaje que es decididamente parecido a un órgano en su sonoridad. Y así como en el final de la Tocatta en Re menor de Bach, todos los hilos musicales se unen para ser resueltos en una conclusión históricamente correcta en La mayor.
En el segundo movimiento, la imagen tonal cambia de la forma más impresionante que uno pudiera imaginar y no queda nada del elemento de percusión del piano. En su lugar, las articulaciones de la pieza son ahora “legato possibile”, “legatissimo” y “dolcissimo”. El piano puede cantar no sólo con Beethoven, sino también ¿y quién hubiera creído posible?, con Stravinsky. Con su cadenza Chopinezca, el piano inspira al ensamble de alientos a lograr un grado de poesía musical poco común, del cual aparece un diálogo concluyente extraño que parece tener que recurrir una vez más a la música folklórica rusa.
En la primera presentación de la obra en París el 22 de mayo de 1924, el director de orquesta, Serge Koussevitzky, le pidió al compositor que tocara el solo de piano. De acuerdo con su testimonio, Stravinsky sufrió un bloqueo mental en el inicio del segundo movimiento y Koussevitzky le tuvo que tararear los compases iniciales para que él pudiera continuar.
El movimiento final vuelve a los ritmos motores del allegro inicial. Como lo explicó Stravinsky en 1928, “El corto y claro carácter dancístico de la Toccata, suscitado por la percusión del piano, llevó a la idea de que el ensamble de alientos podría ser más apropiado para al piano que para cualquier otra combinación”. Perceptiblemente inspirado en Bach, se lanza a un austero fugato cuyo tema es, de hecho, una marcha lapidaria para niños. Incluso los estudios de Czerny dejaron su marca despiadada en el concierto, Stravinsky los había estado practicando para poder perfeccionar sus habilidades pianísticas para la primera presentación de la pieza musical. La majestuosa y lenta introducción del movimiento inicial sirve para frenar el Allegro final y, al mismo tiempo, crea un vínculo con el comienzo de la obra, imponiendo así al concierto una estructura parecida a la de un arco.