Por Braulio Daza.

¨Un gigantesco camello echado¨. Así describió en una ocasión el cronista y periodista teziuteco Luis Audirac Gálvez al macizo montañoso que custodia a la Perla de la Sierra. La majestuosa imagen de este cerro es ya una representación emblemática para Teziutlán y fuente de inspiración para numerosos escritores y poetas. Leyendas y misterios se tejen a su alrededor, convirtiéndolo en hogar de duendes, brujas, curanderos, animales extraños y cuevas encantadas.

Preparar una ascención al Cerro del Chignautla significa toda una aventura. Si se planea hacerlo por ¨El Puerto¨ es relativamente fácil pero, si se decide ir por Tepepan, es menester contar con una condición física óptima, además de abastecerse de un buen almuerzo para dotarse así de la energía necesaria para lograr coronar la cima. Lo empinado de sus laderas y lo tortuoso del camino hacen de esta excursión una titánica proeza. Conforme se avanza, la montaña nos va otorgando premios maravillosos, poco a poco y a cuentagotas: un gavilán chilla en las alturas mientras busca llegar a su nidal, en algún peñasco oculto cerca de La Tolva; el lejano balar de las ovejas, pastoreadas por los niños naturales de la región, se deja oír sin saber su procedencia exacta, combinándose con el tintineo del cencerro; de vez en cuando sale al paso una que otra oncilla, furtivo y misterioso mamífero pariente de la comadreja, famoso por su inclinación a devorar sólo las cabezas de los pollos, introduciéndose a hurtadillas a los corrales y dejando tras de sí una estela de sangre, plumas y gente enfurecida.

¨Mi esposo se fue un día a cultivar sus tierras, aquí arriba, en la planicie de La Mujer Dormida, y jamás regresó. Me contaron que lo vieron entrar a una de las cuevas del Encanto, que se abre cada año y se traga a quienes profanan su interior¨, me cuenta la señora Jovita, mujer de raza indígena ya entrada en años y cuyo recuerdo de su amado aún permanece fresco en la memoria. Noto profunda tristeza en su mirada acuosa, mientras sus manos temblorosas desgranan mazorcas con inusitada rapidez. Las Cuevas del Encanto son usadas como centros ceremoniales por curanderos, quienes conocen su ubicación y llevan ahí a enfermos para curar sus males. La entrada a esas oquedades es estrecha y a menudo escondida a los ojos curiosos; cruces colocadas en las proximidades indican lo sagrado del lugar. Sus interiores son fríos, húmedos y verdosos; por lo regular brota agua cristalina de sus paredes, considerada elíxir curativo.

Al llegar a la cima, me recibe con los brazos abiertos nuestro Cristo de la Montaña, uno de los más grandes del país. Indescriptible la sensación que invade el alma al estar ahí. Sonidos entrelazados llegan de todas partes: emisiones de radio local, música, rumores de automóviles, voces ininteligibles, gritos, silbidos…murmullos de todos y de ninguno. Imposible no entregarse a la meditación y a filosofar sobre nuestro quehacer en este mundo, aislados en aquel ambiente campirano:

¨Esta vida acabará muy pronto y pasará como un día de invierno, en que la mañana y la noche casi se tocan. Es nada más que un día, que un momento, que el tedio y las enfermedades hacen parecer largo; cuando haya pasado, verás cuán corto fue…¨

Flores de vívidos colores, insectos que pasan zumbando a velocidades increíbles; a lo lejos, logro advertir la inconfundible silueta de la Catedral y de otros edificios teziutecos…los ojos se ¨abren¨ para ¨ver¨ contornos y detalles que la soledad invita a apreciar, a descubrir…a amar.

Un ¨siete rayas¨ aparece de repente a mi diestra, atraído quizás por el exquisito tufo de un huevo duro a medio comer y que me sabe a gloria. Es inexplicable pero, después de un largo y tedioso camino, con la frente empapada de sudor y fatigado el cuerpo, el más ínfimo alimento sabe a manjar digno de reyes. Lo disfruto en cada mordida, pero guardo la pelotita amarilla de la yema dura para mi salvaje amigo, a sabiendas que a mi partida, la devorará goloso.

A lontananza alcanzo a distinguir esa tenue línea que muchos dicen es el mar. Frescas corrientes de aire me indican que es hora de descender del Coloso, pues no tardará en caer la noche y es necesario dejar descansar a Ixcaxóchitl, Quilaztli y Yaocíhuatl, las tres bellas princesas que, según cuentan viejas leyendas anteriores a la fundación del terruño, yacen dormidas en lo alto de la montaña en espera de sus valientes amados que un día fueron a la guerra y jamás retornaron. Sus lágrimas dieron vida a los Manantiales chignautecos y sus siluetas durmientes se pueden apreciar desde la amada Teziutlán, cubiertas, a veces, por el manto de la diosa Mixtli.