La historia de Teziutlán se recrea y escribe a través de sus habitantes. En la ciudad encontramos poetas, escritores, historiadores, músicos, panaderos, carpinteros, militares, promotores culturales, albañiles, ebanistas, enfermeros, maestras, médicos, curanderos, peluqueros, locutores, agricultores….Con el transcurrir del tiempo, se ha ido modificando el contexto paisajístico teziuteco por el progreso, acción que ha transformado en forma vertiginosa a La Perla de la Sierra, pero aún hoy, la ciudad sigue ofreciendo esos personajes que contribuyen al fortalecimiento de la identidad cultural propia de cada comunidad. Algunos de ellos poseen algo especial en sus gestos, en sus actitudes, que de alguna manera identifican su tierra y hasta le proporcionan un toque de magia a la ciudad. No es necesario buscar demasiado, con solo adentrarse en las calles, en los barrios y observar, van aflorando esos seres tan especiales, que son merecedores de publicaciones exclusivas por la riqueza espiritual y anecdótica de sus vidas, que los diferencian de los demás. Otros, mediante significativas expresiones, han logrado ganarse el cariño de la gente, y no se puede uno imaginar a Teziutlán sin estos pintorescos personajes. ¿Cómo surgieron los sobrenombres, algunos de ellos muy ingeniosos, con los que se conoce a estos personajes? Nadie lo sabe con certeza. Los apodos con los que eran o son identificados se debían, en parte, a su aspecto singular, y también porque su nombre de pila era desconocido, así como sus raíces. Mucha gente me aclaró esas dudas, pero una de ellas en especial tenía aún esa frescura para recordarlos, y lo visitaba con frecuencia. Cada vez que pasaba por la Peluquería Apolo, ubicada en las esquinas de Cuauhtémoc y Lerdo, me entretenía observando esos curiosos recortes de periódico sobre notas del espectáculo a los que, a manera de historieta , se les había colocado un texto escrito a mano que hacía alusión a algun chiste o picardía. Los cristales de ese establecimiento estaban forrados de viñetas amarillentas, la mayoría provenientes de publicaciones muy antiguas y olvidadas. Su propietario, Don Ramón Aguilar, era un tomo inagotable de anècdotas y recuerdos sobre muchos personajes típicos teziutecos. Siempre recargado en el umbral de aquella barbería olorosa a agua de colonia barata, Don Ramón invitaba a la charla amena en su interior, donde dos viejas y oxidadas sillas de peluquería, parchadas por aquí y por alla, aguardaban la llegada de clientes inexistentes. Ahí, rodeado de bellísimas fotografías de Teziutlán en blanco y negro, contrastando con la brocha, la navaja de barbero y el asentador de filo de cuero, iniciaba un monólogo exquisito y detallado sobre la gente popular teziuteca. “Le decían El Bomba“, comentaba, “y era de ley verlo siempre en los desfiles, amenizándolos de una manera tan graciosa, que al día de hoy la gente todavía lo extraña“. “Si“, continúa, “era muy borracho, pero inofensivo. No se metía con nadie; aún me parece verlo encabezando los desfiles vestido de cura o haciendo con su boca un sonido parecido al silbato. Lo mató un camión en las afueras de la XEFJ; el dormía en la calle y el conductor no lo vió. Su cabeza quedó deshecha.“ Así como al Bomba, Don Ramón hacía mención de otros tantos, muchos de ellos ni siquiera me tocaron: “El Siete Cobijas“, “El Coco“, “El Chita“ y sus arranques de agente de tránsito controlando la circulación; Dona Magos y sus riquísimos antojitos; Don Flavio y sus hazañas pugilísticas; me hablaba sobre eternos pordioseros pidiendo caridad en el atrio de Catedral o en esquinas cèntricas de la ciudad; me hacía volar la imaginación recordando a Dona Mode y sus inigualables molotes, donde personalidades del medio artístico saciaron su hambre en alguna de sus visitas a la feria, allá por los años sesentas y setentas. Hasta mi tío Alberto salía a relucir de cuando en cuando. “Ese Pelón Daza“, decía, “era mi cuatacho del alma. Dios lo tenga en Su Gloria“. Era, como dije antes, un filón inacabable de historias sobre ellos, endémicos seres que merecen nuestro respeto y nuestra ayuda como hermanos serranos. Cuando el crepúsculo llegaba y era la hora de despedirse, nos estrechábamos la mano y nos prometíamos una futura reunión, siempre acompañada de un buen toronjil, de esos buenos pa’l pulmón, y de algún otro visitante, cuya intromisión a la plática era siempre bienvenida, enriqueciéndola y aportando más anécdotas y datos nuevos. Al salir de aquella oscura peluquería y enfrentarme a la tenue luz naranja del alumbrado público, lo hacía satisfecho y con aires de soñador, imaginando a aquellos de los que se había hablado, esbozando su colorido
aspecto, pero más que nada, me retiraba con la leve sospecha de que, el mismo Ramón Aguilar y un servidor, formábamos parte de las filas de aquella fauna pueblerina y que, seguramente, en alguna otra reunión de amigos en el terruño, nosotros seríamos el tema central de alguna charla sobre personajes populares del pueblo.
Fin de la conversación