Jaime Alcantara S.
Este tema es uno de los grandes problemas de las sociedades urbanas, sobre todo de los países en desarrollo. El incremento en el número de vehículos, la deficiencia en el transporte público y las decisiones, a veces erróneas de la autoridad, provocan lo que pudiéramos llamar el síndrome de la arterioesclerosis vial.
El Distrito Federal siempre será referente. Veamos por qué. De entrada, es la capital de la nación. Y, aunque no es la Entidad de mayor población, la importancia geopolítica lo ubica como el centro de las decisiones de todo. Allí están las matrices de los bancos, de los negocios, aunque haya epicentros como Monterrey, eso no cambia lo sustancial. También, las sedes de los diarios nacionales, de las televisoras, del Gobierno.
Como en Brasil, en México se intentó hacer una ciudad para los Poderes de la Unión. Quizá lo que faltó fue el dinero para concretar tal aspiración.
El caso es que el ciudadano común, tiene que sufrir cada vez que sale a la calle. Lo mismo si un vehículo pasa a gran velocidad que, si un trasporte público quiere ganarle a otro el paso. Igual ocurre en las principales avenidas. La angustia por llegar tarde o por querer estar en determinado lugar lo antes posible, provoca una serie de reacciones en el ser humano, difíciles de cuantificar. Y digo difíciles, porque a ninguna autoridad se le ha ocurrido medir el grado de angustia que provocan los atascones de tránsito, los accidentes viales, la descoordinación de los semáforos, que provoca lentitud en el avance vehicular. Y, sobre todo, que casi no se han abierto nuevas vialidades, desde hace unos 30 años.
Lo del famoso metrobús puede resolver en el corto plazo un problema menor. Pero aún, que lo resolviera, tiene otro que provoca lo mismo que si uno de esos autobuses articulados se quedara, cuan largo es, parado para obstaculizar el tráfico. A ver, si no.
Los trazos que se hicieron, quizá ese sea el gran secreto de los sesudos planeadores urbanos, impiden que el automovilista pueda girar hacia la izquierda, en cualquier punto de su destino. Esto, definitivamente es inaudito. En ninguna parte del mundo civilizado ocurre.
Al no poder hacer esto, entonces el automovilista tiene que rodear, cuando menos una manzana (y esto sería la gloria), para poder tomar alguna calle rumbo al lugar del conductor o de sus pasajeros. Y no todo mundo viaja en metrobús, como para pensar en que los demás nada importan. Un asunto más de incongruencia: en qué dificultaría el paso del metrobús, digamos, a las 12 de la noche, a las cinco de la mañana. Pues a esa hora o a cualquiera, si usted tiene el desatino de virar hacia la izquierda, la multa será de varios miles de pesos. Dios Bendito.
De todo esto, hay que contabilizar lo que se pierde: horas-hombre (mujer), es decir, tiempo; más gasto de gasolina; al usar más el carro se contamina más al deporsí depauperado ambiente citadino; y lo peor, el ánimo para llegar y realizar lo mejor posible las tareas del usuario.
Si va rumbo a la oficina, amén de las pérdidas anotadas, hay que contabilizar lo más importante: la salud, el estado de ánimo en primera instancia. Con tanto obstáculo, el profesionista, el empleado, el trabajador asalariado, el oficinista, el obrero, ya no llegarán a dar el mejor de sus esfuerzos. Por los silbatazos, las carreras, ya llegaron irritados, molestos, y como consecuencia, al primer motivo, habrá el aliciente para echar pleito.
Lo mismo al regreso, sólo que aquí con la familia, con los seres queridos. Es decir, hacia cualquier parte donde se vaya, se habrán de encontrar dificultades.
Un buen estudio de movilidad, donde pudiera hacerse un proyecto para que la (s) ciudad (es) pueda (n) tener mejores formas de llegar, de sus habitantes, habrá contribuido a mejorar no sólo el ánimo, sino la misma productividad que tanta falta nos hace.