Padre Nacho*

Así se intitula un capítulo del Ulises Criollo que escribió don José Vasconcelos, secretario de Educación Pública en tiempos del presidente Alvaro Obregón ( 1920-1924). Transcribimos el texto original:
“La primavera comienza temprano en las tierras bajas de Coahuila y Texas. Casi un desierto Coahuila; sin embargo, en las vegas des sus ríos, las nogaleras gigantescas, los cañaverales altos, los sembrados de trigo, de alfalfa, de maíz y sandías, adquieren fragancias acentuadas por el contraste de los arenales del contorno. Cerca de Piedras Negras se vierte en la corriente abundante y cenagosa del ( río) Bravo el torrente cristalino del río de la Villita: la comarca de la confluencia es un vergel, y la misma margen del Río Grande, delante de la casa que habitábamos, se convertía por primavera en un extenso prado de amapolas, violetas silvestres y margaritas. Nos levantábamos al amanecer y partíamos, en ayunas, al campo. Desde antes de salir del pueblo, sobre los tapiales de los suburbios, contemplamos los quiebraplatos –especie de azucenas blancas y azules- que forman enredaderas. Sobre las corolas delicadas, el rocío brillaba un instante, luego se difundía en el aire luminoso y cálido. El llano baja florecido hacia la vega. El río sinuoso refulge sereno y ancho. A distancia, por ambas riberas, la tierra se parte en grietas, asciende levemente ondulada, arcillosa, salpicada con el gris de los arbustos…Mientras recogemos, repartidos por la llanura, brazadas de azucenas, se va iluminando la punta de los postes del telégrafo, única eminencia de la tierra devastada. Iniciamos el retorno, envueltos en la fragancia del botín.
En el ángulo de la sala, tiras de tela azul celeste y blanco, y unas gradas sobre la mesa revestida de paños claros forman altar a la imagen de la Virgen. Con las flores del campo llenamos los vasos, apoyamos algunos ramos al pie del marco sagrado. Y una vez adornado el altar, corremos al comedor donde esperan el chocolate y el pan dulce, las tortillas de harina con natas. En seguida, mi madre y mis hermanas se iban a la misa de enfrente y yo corría a mi escuela del otro lado; escuela laica, en realidad protestante y cristiana, pero sin apariencia prosélito.
Por la tarde, al regresar de clase, encontraba a mi madre con la mantilla puesta y en la mano el devocionario de los días de fiesta, pastas de concha nácar y rosario engarzado en hilo de plata. Entre velos blancos vaporosos, mis hermanas lucían sus encantos de niñas pulcras. Concha, sus mejillas de rosa; Lola, sus cabellos de oro, y Carmen, sus ojos claros bajo las cejas negras.
Las flores puestas en la mañana en el altar por la mañana eran rociadas de agua fresca, y transportándolas en cestos con pétalos de rosas, atravesábamos l aplaza iluminada con los resplandores del atardecer.
La iglesia era una pequeña nave a medio techar.
En la portada barroca, humildísima, se quedaron vacíos unos nichos que yo en mis delirios de futuras grandezas me proponía llenar comprándoles imágenes de talla increíble. A la izquierda un arquito sostenía la única campana. En tan sencillo escenario pasaron horas de embeleso inefable. Un pequeño órgano acompañaba la misa de los domingos. Un confesionario despintado recibió mis primeras dudas, y no recuerdo cuántas veces me acerqué al modesto altar donde nos daban la comunión.
-¿Cómo es que la hostia puede contener a Dios? –pregunté una vez al confesor, no tanto porque dudara, sino para oírle argumentos decisivos; pero repuso:
-Dile a tu madre que te explique todo eso.
Las tardes de mayo no iba allí para descifrar problemas, sino para gozar la dicha del ofertorio de nuestras vidas, todavía no marcadas por el dolor. Fingía gorjeo de pájaros el murmullo de niñas de blanco y niños de negro sentados en bancas próximas a la alfombra del altar. Gemía dulcemente el órgano, y unas voces ingenuas alabban cantando el misterio santo, mientras subían las niñas de blanco, de dos en dos, arrodillándose a intervalos, regando flores sueltas por las gradas, depositando los ramos en el altar de una virgen azul.
Volvían luego a sus asientos ligeras y contentas. Cesaba el canto y se reanudaba el rezo, y así varias veces. Al final, el sacerdote, de casulla de oro, incensando, se postraba y descubría la hostia y la hacía radiar entre los lirios. Las niñas, arrodilladas, ofrendaban su blancura intacta; doblábamos todos la cabeza reverente y subía al cielo la plegaria sincera y melodiosa. Al salir al viento de la noche, una ventura dulce embriagaba los corazones.
Trapos azul y blanco, humilde imagen, vasos con agua de color, flores campestres, incienso ritual, ofrenda de corazones sencillos, ¿qué magia, ni la más complicada, podría igualar el milagro que consumabais en mi conciencia? Contento sacábamos de allí para todo el día siguiente y aun para el año entero hasta que otra vez los prados florecieran en honor de la Inmaculada. “Dios te salve, María, llena eres de gracia…”
La devoción popular no so conformaba con un solo mes de plegarias. Golosa de poesías, entraba en junio el mes de Jesús, dedicado a los hombres, como el de mayo a las mujeres. Y más rosarios con letanía cantada y ‘ora pro nobis´ en coro de fieles cada uno de los días del mes…”
El Maestro de América, también nos dejó escrito en el escudo de la Universidad Autónoma de México lo que sigue: “¡Por mi raza hablará el espíritu!”. Pero antes de morir, en 1959, reflexionó y expresó que debió de escribir: “¡Por el espíritu hablará mi raza!”

*José Ignacio González Molina ejerce su ministerio en Infonavit San Jorge; como historiador egresado de la Universidad Iberoamericana de la Cd. de México, la docencia en la Escuela Libre de Derecho. Difunde el programa “Suave Patria” los martes, de 6 a 7 de la tarde, en Radio Puebla ( antes SICOM , 105.9 F.M.), enlazada con las estaciones hermanas del Estado de Puebla. T.V., radio y podcast en www.puebla.mx, Facebook y podcastpueblafm.