Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
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Leyes nos cohabitan, quizás nos sobren, lo que falta es que haya justicia para defender la vida, para abrazar la verdad, para sentir el amor en doquier lugar del planeta. Precisamente, el crecimiento de las desigualdades y las pobrezas es una de las tremendas injusticias del tiempo presente. ¡Triste época la nuestra que no sabe ni amar!. Así no podemos fraternizar, humanizarnos, respetarnos en definitiva. Convendría poner con urgencia el intelecto al servicio de nuestro análogo. Cada uno se ha de poner en el lugar del otro, cuando menos para poder entrar en raciocinio a la hora de repartir los bienes terrenales. Ciertamente, ahora con este mundo tan complejo unas veces y tan acomplejado otras, se precisan foros de discernimiento, porque a veces pensamos que erradicar la indigencia es un acto de compasión, y en realidad es una acto de justicia. Ya sabemos que la clemencia, buena siempre, es en muchos casos la precursora de la rectitud, pero no hay que perder el fundamento de contribuir, cada uno según sus posibilidades, al desarrollo humano integral, que todos nos merecemos por el hecho de ser personas y vivir.

Por eso, todos tenemos que luchar por la justicia, a través del espíritu solidario, para superar egoísmos, intereses de grupo, personalismos de pandillas, codicias de cuadrillas, individualismos absurdos que nos retrotraen a las cavernas. El mundo se ha mundializado como jamás, y por ende, precisa un estado de mente abierta, una disposición a la benevolencia y a la confianza de unos para con otros. A propósito, nos alegra enormemente que en sus setenta años de historia, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) se haya consolidado como una institución íntegra, imparcial y muy respetada. Sería bueno, por tanto, que los Estados que no han aceptado su jurisdicción todavía, lo hiciesen en un futuro próximo para resolver las disputas pacíficamente, pues, la ley internacional es más importante que nunca en un mundo global; donde va a ser vital la mediación, el arbitraje y el arreglo judicial.

Para desgracia en nuestras sociedades solemos confundir la justicia con la venganza, lo que contribuye a incrementar aún más la crueldad, sin prestar suficiente cuidado a la situación en que quedan las víctimas, confundiendo la reparación únicamente con el castigo. Pienso que debemos avanzar en la reeducación, hacer lo posible por corregir conductas, reinsertarnos a nuevos horizontes, hacer frente al daño causado para poder replantearnos una nueva vida sin quedar hundidos por el peso de nuestras miserias, que todos tenemos en abundancia. En este sentido, como decía el poeta chileno Pablo Neruda: “Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano”. Cuánta verdad hay en el aguante, en la comprensión, en la ayuda incondicional. En efecto, son los virtuosos de la justicia tan necesarios como el sol de cada día, siempre dispuestos a entender rehabilitando vidas, recuperando existencias, reponiendo libertades. Los necesitamos, sin duda. Claro que sí, anhelamos personas que hagan lo que les corresponde, que cultiven la mano extendida, y ejemplaricen con sus acciones el camino porque, aparte de saber lo que es justo, lo aman hasta el extremo más preciso y precioso.

Evidentemente, esta justicia humanizadora o humanista que dignifique y enaltezca a todo ser humano, suele no tener presencia en nosotros, a pesar de que es genuinamente conciliadora y reconciliadora. Qué bueno sería que este mundo globalizado pudiera remediarse por sí mismo, redimirse para evitar tantos sufrimientos inútiles, refundarse armónicamente y así crear unas relaciones de convivencia verdaderamente melódicas. En cambio, si nosotros vivimos según la ley del “ojo por ojo, diente por diente”, nunca saldremos de la espiral del mal; y, difícilmente, vamos a poder incluir el bien en nuestra existencia. ¡No nos dejemos despojar de la bondad que nos fraterniza!. Al fin y al cabo, la justicia también es una virtud, un deseo de reconocer maldades y de renegar de ellas, de examinar errores y de reponer daños, de confesar ofensas y de manifestar arrepentimiento, sabiendo que el castigo más justo siempre es aquel que uno mismo desde su interioridad se impone.