Padre Nacho*

La tradición y creencias de los antiguos mexicanos ( mal llamados “indios, indígenas”) colocaba a la muerte en un horizonte indiscutible de sangre: ni los seres humanos ni el universo podían subsistir sin los dioses, pero sin la sangre de los hombres tampoco los dioses podían sobrevivir. De esta dependencia da cuenta Alfonso Caso en La Religión de los Aztecas, más la información que nos dejó Angel María Garibay en su Historia de la Literatura Náhuatl: la vida prehispánica se nutría con la sangre o “líquido precioso” ( chalchihu-atl) destinada a ser el “terrible néctar para el alimento de los dioses”. De manera complementaria aparecían el “agua florecida” ( xochi-atl), el “agua divina” ( teo-atl) y el “agua ardiente como el fuego” ( atl-tlachichinolli) como sinónimos de la sangre. Esto explica de paso las llamadas “guerras floridas” para capturar guerreros de jerarquía ( anacrónicamente llamados “caballeros águilas o tigres” porque en aquel tiempo no existían los caballos en nuestro territorio) y ofrendarlos en la piedra de los sacrificios o “temalacatl”… ¡La sangre alimentaba finalmente al Dios Sol, Tonatiuh!

La tradición hispánica que llegó con el “capitán adelantado” Hernán Cortés y sus huestes era típica del mundo de cristiandad contra el mundo musulmán, cuyas raíces se hundían en la historia de casi ocho siglos de reconquista, al estilo de Pelayo o de Quevedo ( cuyo origen es la frase: “Yo soy el que vedó que el moro no entrase y de aquí no pasase, porque así lo mando yo”). Por lo tanto, morir por la fe cristiana era la ofrenda que merecía la “gloria eterna” o “salvar el alma” como lo escribió San Ignacio de Loyola en el libro de sus Ejercicios Espirituales. Esto explica el grito de guerra de aquellos conquistadores cuando enfrentaban a sus adversarios para vencerlos: “¡Por Santiago ( mata-moros o islámicos) y cierra ( vence, aprieta, avanza) España!”.

Por lo tanto, la tradición mestiza y criolla de nuestra cultura comenzó a vivir con el honor que se lava únicamente con la sangre. En forma coloquial podemos afirmar que “se juntó el hambre con las ganas de comer” en nuestro país. Fue entonces más fácil para los primeros evangelizadores la presentación del Hijo de Dios en la cruz del calvario, Palabra Encarnada del Padre Dios, quien nos salva y nos hace eternos con la Sangre Preciosa de Jesucristo Redentor. Esto explica más claramente el por qué en nuestros altares y retablos de la Nueva España abundaron las cruces con Cristos Sangrantes. Con esto se sublimó todavía más el valor y el sentido del “líquido vital”. Esto explica mucho más la muerte para el mexicano como dolor y fiesta; algunos entierros van acompañados con lágrimas y música de viento o de mariachi, en nuestra religiosidad popular. Más aún, como mexicanos nos hablamos “de tú” con la muerte…¡Nos la comemos con azúcar en forma de “calaverita”! La pintamos bailando como “Catrina pelona” al estilo del arte de Posadas! ¡Hasta la citamos al cantar: “¡si me han de matar mañana, que me maten de una vez”!

Dicen que en México “la forma es fondo”, y en este sentido el cancionero popular nuestro va mucho más allá de la letra y la tonada; el canto es una filosofía de vida, y así entendemos lo que José Alfredo Jiménez nos heredó musicalmente, en su Camino de Guanajuato: “la vida no vale nada, no vale nada la vida…comienza siempre llorando y así llorando se acaba, por eso es que en este mundo ¡la vida no vale nada!”. También se suma a esto Cuco Sánchez al cantar con voz afinada y oliendo a tequila y mezcal: “¡Guitarras, lloren guitarras. Violines lloren igual. No dejen que yo me vaya con el silencio de su cantar. Gritemos a pecho abierto un canto que haga temblar al mundo, que es el gran puerto donde unos llegan y otros se van. Ahora me toca a mí marcharme, ahora me toca a mí partir. Guitarras, lloren guitarras, que ahí queda lleno de amor, prendido de cada cuerda, llorando a mares mi corazón!”

En el horizonte de la poesía también sobran muchos ejemplos: el chiapaneco Sabines escribió “¡Por eso Dios inventó la muerte…para que ni tú, ni yo, sino la Vida sea para siempre!”…El poeta Luis Gonzaga Urbina nos heredó esto en La visita: “Ha de venir. Vendrá calladamente. ¿Cuándo…No sé. Muy pronto. Escucho ya su voz remota y sus pisadas oigo. Abre la puerta, alma, que no tenga que llamar. Y que esté dispuesto todo: apagado el fogón, limpia la casa, y el blanco cirio de la fe, en el fondo. Ha de venir. Vendrá. Calladamente. Me tomará en sus brazos, como la madre al niño que volvió cansado de correr bosques y saltar arroyos. Yo le diré en voz baja: Bienvenida, y sin miedo ni asombro, me entregaré al Misterio, pensaré en Dios y cerraré los ojos”…Estos versos los firmó en Madrid con fecha julio 14 de 1934. Poco después, la muerte se lo llevó…

*José Ignacio González Molina pertenece desde 1993 al H. Consejo de la Crónica de la Cd. de Puebla. Ejerce su ministerio en el Infonavit San Jorge. Es historiador egresado de la Universidad Iberoamericana de la Cd. de México e imparte clases en la Escuela Libre de Derecho. Difunde los martes el programa “Suave Patria” de 6 a 7 de la tarde, en Radio Puebla (anteriormente SICOM), 105.9 F.M., enlazada con sus estaciones hermanas del Estado de Puebla. Internet: www.puebla.mx ( TV y/o radio), Facebook y podcastpueblafm-programa Suave Patria.