Victor Corcoba Herrero

Sabemos que el mundo es cada día más diverso y que el poliedro refleja la confluencia de todas las culturas; de ahí, la importancia de avivar la concordia de las palabras, la tolerancia de los verbos, el encuentro de los corazones, lo armónico del arte, el pentagrama de los sonidos, el espíritu de la ciencia, la conciencia de los saberes y hasta el aliento de la poesía. En las pupilas del tiempo nada se disuelve. Tampoco nada se destruye. Se reintegra todo en los lenguajes de la vida. O lo que es lo mismo, en la lengua de toda existencia que perdura más allá de nuestros tiempos. Quizás tengamos que buscar otras perspectivas más amplias, para que nuestros sueños vuelen más perennes y abarquen lo íntegro. Porque sí, somos únicos; y, en ese absoluto, está precisamente caminar constantemente juntos, con ánimo constructivo, sin resentimientos, con más alma que cuerpo. Por tanto, es hora de cambiar las armas por las palabras; las palabras por las acciones; y las acciones por la unión y la unidad. Hace falta, en consecuencia, que cada individuo piense más en sus análogos que en sí mismo. Sin duda, será el mejor pensamiento a enhebrar en la especie.
Cualquier reflexión no es más que un verso en medio de una larga noche de sensaciones; pero este verso lo es indiviso, y lo será indiviso inmortalmente. Por eso, a mí se me ocurre pensar, ahora que Naciones Unidas celebra durante este mes el Día del idioma español; y más concretamente el doce de octubre, en la dinámica creativa de lo hispano, en su fuerza de expansión y en su vasta experiencia cultural. La confluencia hispanista ha sido una realidad a lo largo y ancho de nuestro convivir. Considero, pues, que está muy bien promocionar y apoyar aquellas iniciativas que promuevan el plurilingüismo y multiculturalismo, así como activar el uso de lenguas, como la española, que ha servido tanto para reencontrarnos como para entendernos. Ya en su tiempo lo reafirmaba el inolvidable pensador, Miguel de Unamuno, de que “la lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo”. Con el tiempo, evidentemente, la “Hispanosfera” se ha convertido en una fuerza viva de confluencia en todo el planeta, cuestión vital para robustecer el horizonte de los valores comunes de un mundo global.
De hecho lo hispano, por su naturaleza, se adapta perfectamente para suscitar toda forma de cultura de encuentros, máxime cuando compartimos el uso de la lengua más de quinientos millones de hispanohablantes en el mundo, con una historia tan enriquecedora como cautivadora. A este respecto, resulta verdaderamente gratificante, que el dieciséis de septiembre de 2013, quedara constituida formalmente el “Grupo de Amigos del Español en las Naciones Unidas”, animados por el creciente empleo del español como idioma universal y, como tal, vehículo para la paz, el respeto a los derechos humanos y el desarrollo social y económico entre los pueblos que lo hablan. Con su firma, los representantes de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Guatemala, Guinea Ecuatorial, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela recordaron que el español es uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas e idioma de trabajo de la Asamblea General, del Consejo de Seguridad y del Consejo Económico y Social.
La proyección lingüística y cultural de lo hispano, más allá de los límites europeos y a partir de nuestra propia pluralidad, ineludiblemente es una buena referencia para la construcción de un mundo más acorde con la convivencia pacífica. Por otra parte, el referente del doce de octubre para evocar el encuentro de dos mundos: Europa y América, ha tenido una enorme importancia para la humanidad y para España; puesto que fue este país el que abrió la comunicación entre Occidente y el continente americano. Por todo esto, pienso que es saludable para todos evocar nuestros comienzos, fortalecer nuestras raíces, para llegar a ser nosotros mismos, en un orbe que es de todos y de nadie. Téngase en cuenta que sólo los grandes soñadores, que verificaron su propia historia con sus andares poéticos, han podido cambiar la historia. Llegará el día en que después de compartir el espacio, los vientos, el sol y la luna; aprovecharemos las energías del afecto para sentirnos bien. Y ese día, descubriremos al fin, que el fuego que necesitamos para no morirnos de frío, únicamente tiene un nombre: el amor. ¡Ámense mucho!.