Teziutlán es una ciudad rica en edificios que encierran grandes historias. Al pasear por sus calles podemos disfrutar de la arquitectura sin parangón de sus casas, algunas de las cuales se han mantenido inalterables a pesar del paso del tiempo. Casas y edificios con sabor a antiguo, que guardan entre sus paredes los ecos de un pasado con muchos matices: hermoso, trágico, anecdótico, doloroso…¿Se han preguntado alguna vez el origen o la historia de algunas de estas edificaciones?
Sobre la calle Lerdo, rumbo al Panteón Municipal, se yergue, aún majestuoso, el Centro de Readaptación Social de Teziutlán (CERESO). Un centro penitenciario de mínima seguridad que alberga criminales de toda clase. Antiguamente fue el Hospital Morelos y fue uno de los primeros centros de salud que operó en la región por muchos años. Erigido durante el Porfiriato, es un lugar siniestro con olor a creolina que guarda en sus entrañas sucesos y anécdotas que hoy en día ya nadie recuerda. Rubén Marín, oriundo de Ciudad de México, fungió como médico general en La Perla de la Sierra a finales de los años cuarenta del siglo pasado. Su corta pero sustanciosa estancia en nuestra ciudad hizo que le cogiera un cariño inusitado, a tal grado que una de sus novelas (en su retiro se hizo escritor), está ambientada, la mayor parte, en Teziutlán. Pues bien, por aquellos años el laboró en ese nosocomio atendiendo enfermos y lo plasmó de manera muy fidedigna en ‘’Los otros días, apuntes de un médico de pueblo’’:
‘’El Hospital Morelos, el del Municipio. A la puerta, una vieja, que tenía cataratas y unas enaguas hechas pedazos, vendía copia de dulces, unos bien verdes, o bicolor el jamoncillo; o multicolor la gragea, y en un ademán somnoliento les iba espantando las moscas y las abejas, pasándole por encima un mosqueador de tiras de papel de china. Es viejo el Hospital Morelos, y triste, con esa tristeza melancólica y polvorienta de lo que se ha venido a menos. Se alza un gran pórtico alto, con pretensiones clásicas, todo de esa cantera rosada de que se hacen las casas en Teziutlán. Tiene sus cuatro columnas del orden dórico y su frontón, y un ancho vestíbulo, algo frío, como si llegara uno al teatro vacío. Pero no contesta el interior con la portada. Atrás desciende una vasta escalinata, que resuelve el desnivel del terreno, y se abren a los lados las enfermerías, largos galerones de altísimo techo, y esos brazos, abriéndose, circundan el patio y la fuente del patio. Atrás, al fondo, se abre una puertecita que da en un campo que debía ser huerta y que ha llegado a degradar en corral, estercolero invadido por grueso herbazal donde hoza media docena de cerdos y cacarean misérrimas gallinas. Tal vez, en su tiempo porfiriano, el hospital, bien cuidado y mantenido, se mirara proporcionado a las exigencias que debió llenar. Ahora es una inminente ruina, condenado por la pobreza y por la incuria lamentable del Municipio. Los tejados tienen leprosos agujeros por donde gotea la lluvia en las salas desoladas. Los catres de hierro, patituertos, naufragan en aquella agónica grandeza de las salas, con tablas por colchones, y jergas, costales o harapos por cobija. El agua que escurría por las paredes, filtrada del tejado, despintaba la grosera cal y hacía lamparones. Todo era sórdido y había prolongado silencio de cosa moribunda y olvidada. Las mismas flores del patio eran gachas y como tristes. La fuente estaba seca y terregosa y en unos macetones que había en una escalera no medraba sino yerba plebeya y mezquina. Los enfermos estaban quietecitos en sus camas, y los que podían andar preferían sentarse en algún umbral, embozados en un sarape descolorido, mechudos y amarillos, aniquilados por el dolor, el olvido y por el ayuno municipal. La encargada de esta casa de salud era Doña Carolina, mujer machuda, velluda y bien entrada en carnes, que hablaba cruzando los antebrazos bajo sus grandes senos y sobre el vientre, que levantaba la enagua por delante y dejaba ver la punta de sus pies, siempre embutidos en viejísimas babuchas. Doña Carolina era la encargada del hospital, enfermera del hospital, cocinera del hospital, y por eso olía siempre mitad a cebolla y mitad a iodoformo. Le colmaba la cabeza un chongo monumental de pelo revuelto y sucio, espolvoreado con ceniza de los braseros y motas de algodón de las curaciones. Fumaba constantemente con tenacillas y a las once tomaba su copa de anís para el estómago, de modo que su aliento, su cuerpo todo, emanaba exhalaciones acres y fuertes…No sé de qué modo ni sé a punto fijo cuándo Doña Carolina vino a dar al hospital, a este Hospital Civil de Teziutlán; pero de esto hace muy largo tiempo, tiempo que ella no precisa para no dar a sospechar cuestión de edad. Pero es el caso que de tanto ver enfermos y tratar con médicos, algo se le fue quedando encima de unos y de otros. De aquellos era su costumbre de quejarse de algún achaque, y de estos, algo de la manía de recetar. Si no es que más, porque me han dicho que su hijo, el cantor, nació cuando dirigía el hospital el doctor Lope Dueñas, en la época de Carranza, y que se le parece como una gota de agua a la otra, sobre todo en un lobanillo en el entrecejo que sacó el cantor como copiado. Pero aparte de esto, quiero decir que siendo Doña Carolina enferma muy competente con sus reúmas, callos y bronquitis, aparte la diabetes, tenía sus puntillos de médica también. Y esto es lo malo, porque discordando nuestros pareceres con harta frecuencia, y siendo ella testaruda por naturaleza, no es difícil imaginar el trabajo que me costaba convencerla de que hiciera las cosas según yo se lo mandaba y no según su parecer. Si le daba una orden, fuese una lavativa o una inyección, o una friega, bueno si no me aducía nada, porque lo cumpliría del todo, aunque fuera a tuertas. Pero a veces guardaba un momento de silencio, se metía dos dedos a través de la bambolla del chongo y uno tenía la sensación de que saldrían volando moscas o avispas o hasta un pájaro. Se rascaba ella con detenimiento, estremeciendo aquel edificio de pelo y decía convencida: ‘exactamente…exactamente’. Lo que significaba que haría exactamente lo contrario’’.