“Vivir cargando las penas de otros
suele ser distractor para evadir las propias”
Abel Pérez Rojas.

¿Conoce usted a alguien sin problemas? ¿Algún hecho reciente que le hayan relatado lo ha impresionado tanto que usted ha ofrecido consejo y ayuda como “buen cristiano”? ¿Sería adecuado dejarlo solo para que asuma su responsabilidad con los resultados?
Asumir una postura extrema de pensar –o mejor dicho, de obsesionarse- en el otro y hacer propias sus dificultades, para ganar el numen de “buenos”, nos coloca en una situación de sobrecarga emocional -aunado a nuestras dificultades por resolver- que, sin darnos cuenta, acarrea consecuencias negativas hacia nuestra vida.
Nunca nos preguntamos antes: ¿Estoy en condiciones saludables tanto psicológica, emocional y económicamente para intervenir y ofrecer mi ayuda?
La acelerada vida diaria y la “cultura del sufrimiento” tan propagada en sociedades como la nuestra, hacen que perdamos de vista la delgada línea entre individualismo y empatía. Es decir, no se trata de ir por nuestra existencia ajenos al dolor, pero tampoco se trata de asumir lo que no nos corresponde.
Preocuparse de más por el otro y cargar con sus problemáticas no es saludable. Tampoco es saludable que quienes no pueden resolver sus propias dificultades traten de resolver las de otros. Eso da lugar a un trastorno psicológico llamado codependencia.
Mirar y enfundarse en la vida de otro, a veces, es un distractor para asumir la vida propia. Además de que a los seres humanos nos encanta señalar y proclamar las limitaciones de quienes nos rodean. Pero ¿qué hay con aceptar las restricciones propias y del reconocimiento de las encrucijadas por las cuales atravesamos?
Dispersarnos con la vida de los otros es una actitud cómoda. Evita el cuestionamiento propio, porque se trata del otro y no de mí. Si se trata de mis problemas la gravedad de la situación me reta, porque además de pensar implica actuar. Pero eso, generalmente, lo postergo.
Creo que es de gran utilidad que quienes asumen como propios los problemas de otros se pregunten y respondan sinceramente cuestiones como las siguientes:
Al intentar resolver los problemas de… yo estoy viviendo su vida por él (ella), ¿entonces quién vive mi vida?
¿Cuáles son verdaderamente los motivos por los cuales estoy inmiscuyéndome en la vida del otro?
¿Estoy postergando con mi intervención que el otro asuma y resuelva verdaderamente sus propios problemas?
A quien pretendo ayudar ¿está tan necesitado y tan desvalido que está imposibilitado para resolver sus problemas?
¿Por qué el otro me está compartiendo sus problemas y qué espera de mí?
¿Cuáles de mis asuntos están requiriendo mi intervención?
Como puede ver, caro lector, la inocente actitud de cargar con las penas ajenas podría llevarnos a preguntas como las anteriores y a interrogantes más profundas, tan profundas que pudieran desnudar nuestras propias carencias, como alguna vez lo dijo lapidariamente el afamado escritor checo, Milan Kundera: “El hombre desdichado busca un consuelo en la amalgama de su pena con la pena de otro”.
Es fuerte la frase de Kundera, pero resume varias de las cosas que le trato de compartir: si yo me apropio de los problemas del otro y los hago míos, tanto que ahora llevo parte de la carga emocional, entonces es que no estoy preparado para fungir como consejero; menos aún, para brindar ayuda, en consecuencia la intención de ayudar a quien tengo enfrente se revierte y termina sentenciándonos a la mexicana: “mal de muchos, consuelo de… tontos”.
Así que una actitud saludable consiste en revalorar todo lo que llevo a cuestas con los problemas de otros. En consecuencia puedo darme cuenta que es factible vivir con menos cargas, con mayor libertad y asumiendo la responsabilidad que sí me toca: la de mi propia vida.