Por ello es necesaria una reingeniería en los modelos de desarrollo que le den a este grave problema su debida importancia, coinciden expertos en la BUAP

El cambio climático y su “hijo” no menos peligroso, el calentamiento global, ejercen un poder devastador en las economías campesinas, ponen en riesgo la seguridad alimentaria de la humanidad y matan a más personas de las que se piensa. En general, ofrecen un panorama difícil para las próximas tres décadas. En ello coincidieron expertos al cierre del Séptimo Congreso Nacional de Investigación en Cambio Climático, cuya sede en la región Golfo fue la BUAP.
“Es impresionante. Va de por medio la seguridad alimentaria del mundo”, lamentó Rey Acosta Barradas, de la Universidad Veracruzana, quien estudia los efectos del cambio climático en las economías de comunidades, como el municipio de Actopan, Veracruz, donde identificó problemas sociales como una alta migración de los jóvenes hacia Estados Unidos por la pérdida de la capacidad de autosubsistencia que el clima actual ha propiciado en esa pequeña región.
Enfatizó que el principal desafío del planeta será la producción de alimentos para las 10 mil millones de personas que se estima habitarán el planeta en 2050, con escasez de agua, suelos erosionados y condiciones climáticas adversas, aspectos que afectan más a la agricultura familiar, ya de por sí en estado de vulnerabilidad, y que forman parte de un círculo vicioso: atender la elevada demanda de alimentos tiene un alto costo ambiental, la cual, al ser combatida mediante diversas acciones, mengua la producción.
Ante esta situación, el economista propuso al huerto familiar, el traspatio, como un recurso para disminuir la dependencia a la gran industria alimentaria, una de las que más propicia el CC. “Aunque las economías familiares no son culpables, sí son las más afectadas”, agregó el especialista. Para ejemplificarlo, habló de Actopan, donde el campo no es una opción de vida, el deterioro social es evidente, pobreza galopante y la pérdida de valores y degradación social se extienden.
Observó en Actopan temporadas de sequías más largas y de lluvias más cortas, destrucción de microecosistemas, extinción de especies locales, olas de calor más intensas, agotamiento de mantos acuíferos, eventos climáticos más fuertes e inesperados (en el Atlántico, tres huracanes se desataron al mismo tiempo en septiembre) y la propagación de enfermedades como dengue, zika y Chikungunya, tal y como sucede en numerosas regiones del mundo.
Los desafíos, comentó el especialista, además de emprender acciones para mitigar los efectos del CC, son revivir las esperanzas de una vida digna y con expectativas de crecimiento y promover la agricultura traspatio.
Por ello, dijo, hay que aterrizar los modelos macroeconómicos al nivel micro, para conectar los problemas socioeconómicos con los ambientales. Es decir, una reingeniería mayor que considere al cambio climático y todas las condiciones que impone. “Las economías del CC tendrán que ocupar una parte prioritaria dentro de la agenda de políticas públicas”, concluyó.
Con este especialista coincidió Polioptro Martínez Austria, de la Universidad de las Américas Puebla, quien sostuvo que la sociedad ha subestimado los efectos del cambio climático, como el número de muertes directas. El director de la UNESCO-UDLAP Chair on Hydrometeorological Risks ha estudiado las olas de calor y sus efectos en la ciudad de Mexicali, al norte del país, donde los medios dicen que las altas temperaturas rompen récord cada año.
La BUAP apuesta por la educación ambiental para hacer frente al CC. Las energías “limpias” son un respiro, no la solución
De toda la energía que se produce y consume en el mundo, alrededor del 83 por ciento proviene de combustibles fósiles: gas natural, carbón y petróleo, en ese orden de importancia para México, donde el 92 por ciento de la electricidad proviene de estas fuentes energéticas, un porcentaje similar en el estado de Puebla. “Este es uno de los principales motivos del CC, por ello, hay que sustituirlos por la energía del Sol y del viento”, afirmó Apolonio Juárez Núñez, del Centro de Estudios de Energía y Ambiente de la BUAP.

Por iniciativa del Centro de Estudios de Energía y Ambiente se han instalado celdas solares y sistemas eólicos para proporcionar energía eléctrica en cinco espacios de la BUAP: el propio centro, el laboratorio de Ciencias Aplicadas y la dirección, los tres de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas y los edificios de Rectoría y de la Secretaría Administrativa, en Ciudad Universitaria.