ARMANDO VALERDI
avalerdir@hotmail.com

No cabe duda que el inicio de este año, está siendo interesante e importante, porque está marcando con más claridad el fin de una época y el inicio de otra, lo que aún no queda claro es el rumbo que ese cambio provoque, no solo en la economía y las finanzas del mundo sino en la forma de vida de la humanidad.
En la opinión de hoy, nos avocamos a lo que acontece entre las dos grandes economías del mundo, la China y la estadounidense, porque los cambios en ellas están dando forma a la geoeconómica mundial.
Para tratar de entender mejor esta relación de poder, es necesario contar con ideas de algunos expertos que nos ayuden a guiar nuestra opinión, como es el caso de Yanis Varoufakis, que nos dice que el mundo no podrá ser comprendido adecuadamente mediante los paradigmas que dominaron nuestro pensamiento antes del Crash del 2008, idea compartida por muchos más, además, como hemos venido comentado, las señales de cambio que hoy vemos, sentimos y vivimos, son una extensión de la implosión que hizo el sistema financiero estadounidense, como menciona Varoufakis, los planes globales que quebraron y se convirtieron en humo, y dejaron nuestro mundo en un estado de aturdido desencanto.
Además recordemos, lo que mencione en el comentario anterior acerca del cambio de la naturaleza del dinero y del proceso de producción, que dejo de ser impulsado por la inversión y el ahorro, para darles paso al crédito y consumo como los principales factores para el crecimiento económico, así como la globalización y la disminución del costo marginal del trabajo, al llevarse de los países desarrollados puestos laborales a los países emergentes con salarios muy inferiores, además de que en 1971, las autoridades estadounidenses decidieron que en lugar de reducir sus déficits gemelos (tanto el déficit presupuestario del gobierno como el déficit comercial de le economía estadounidense), lo que hicieron fue incrementar ambos déficits, y que el resto del mundo fuera el que los pagara.
¿Cómo?, primero Alemania y Japón, y más tarde China, produjeron bienes en masa para que la población estadounidense los devorara, posteriormente alrededor del 70% de los beneficios obtenidos por estos países globalmente eran transferidos a Estados Unidos, en formas de capital a Wall Street que inmediatamente los transformaba en flujos de capital en inversiones directas, acciones, nuevos instrumentos financieros, prestamos ,etc., todo esto llego a su límite y el sistema financiero estadounidense hizo implosión por el exceso de deuda, produciendo todos los efectos que hoy vemos y sentimos a través de la volatilidad de los mercados financieros y las monedas, así como la caída de los precios de las materias primas, sobre todo el petróleo, además de disminuir en forma importante el ritmo del comercio global, y la economía.
Sin duda tanto Alemania, Japón y desde luego China se beneficiaron mientras duro esta forma de hegemonía estadounidense, por ejemplo China al cuadruplicar su PIB desde el año 2000, al aumentar sus exportaciones en forma importante, principalmente hacia Estados Unidos, además importo tecnología occidental y creo más de 10 millones de puestos de trabajo manufactureros para la gente de las zonas rurales pobres. China a su vez se convirtió el mayor comprador de materias primas, lo que llevo a que su precio se incrementara en forma importante desde los primero años del presente siglo beneficiando en forma directa a países como Brasil, Rusia, Venezuela o Argentina entre otros.
Chima de no ser por sus exportaciones a USA, habría sufrido déficit comercial prácticamente en cada uno de los últimos 20 años.
No obstante, a partir del 2008 comenzaron a presentarse algunos síntomas de que las reglas de juego existentes entre China y Estados Unidos a los largo de más de un decenio habían comenzado a marcar el final de Chimérica, término que usaron desde 2006, Niall Ferguson y Moritz Schularick para designar la “simbiosis” económica entre Estados Unidos y China que ha impulsado el crecimiento económico de ambos países y ha liderado el crecimiento mundial en los últimos quince años.
¿Cuáles son algunos de esos síntomas? Se podrían suponer que China sigue ya su propio camino al aprobar un cambio de paradigma económico global con la devaluación del yuan, o con la puesta en marcha del Nuevo Banco de Desarrollo, establecido por los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), convirtiéndose en la primera institución financiera internacional de importancia que es liderada por los países emergentes, o la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura.
Por otra parte, no obstante que Estados Unidos no obstaculizó la entrada del yuan a la canasta de monedas que conforman los Derechos Especiales de Giro (DEG), que es el activo de reserva del Fondo Monetario Internacional, por otro lado como menciona el premio Nobel de economía Joseph e. stiglitz, “las decisiones geoeconómicas más polémicas del año pasado son las relativas al comercio exterior. Casi de manera desapercibida, después de años de conversaciones inconexas, la Ronda de Doha para el Desarrollo promovida por la Organización Mundial del Comercio —iniciada con el objetivo de corregir los desequilibrios en los acuerdos comerciales anteriores que favorecían a los países desarrollados— fue sepultada silenciosamente. Además de que Estados Unidos finalizó sus negociaciones secretas sobre lo que puede llegar a ser el peor acuerdo comercial en décadas, el denominado Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), y ahora enfrenta a una batalla cuesta arriba para su ratificación, ya que todos los principales candidatos presidenciales demócratas y muchos de los republicanos han abogado en contra del mismo”.
Como podemos observar la competencia por liderar al mundo se está dando, pero aún no hay claridad de cómo va el marcador, lo que si vemos es incertidumbre y volatilidad a tal grado que otro premio Nobel de economía, Paul Krugman, reflexiona “si las cosas se ponen realmente feas, el mundo no estará preparado para responder, ¿Van a causar los problemas de China una crisis mundial? La buena noticia es que las cifras, tal como yo las veo, no parecen lo bastante elevadas. La mala noticia es que podría equivocarme, porque parece que los contagios mundiales a menudo acaban siendo peores de lo que dictan los números por sí solos. Y la peor noticia es que, si China asesta un mal golpe al resto del mundo, estamos verdaderamente mal preparados para afrontar las consecuencias.
Y usted mi estimado lector que opina, ¿difícil, verdad? Por lo que hay que estar atentos al diario acontecer de este nuevo reacomodo global, en donde México no está exento.

Gracias.