Queridos hermanos, el primer domingo de cuaresma, la Iglesia, para ayudarnos a iniciar el camino espiritual de este tiempo de gracia, pone a nuestra consideración, año con año, la lectura del evangelio sobre las tentaciones que sufrió nuestro Señor Jesucristo en el desierto. Para los israelitas el desierto evoca el término medio entre la salida de Egipto y la llegada a la tierra prometida. A los israelitas Dios los condujo al desierto, este evangelio dice que: “El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto”, es decir que va a realizar la misma experiencia de Israel. Así como Dios condujo a Israel al desierto, para que se definiera como pueblo de Dios, así el Espíritu impulsa a Jesús al desierto para que se defina como Mesías y salvador. A los hombres de hoy les gusta el desierto sólo para ir de paseo. Lo mejor del desierto es el silencio para oír la voz de Dios y preguntarnos ¿qué es lo que nos mueve a nosotros en esta vida? Ciertamente como hijos de Dios debemos vivir bajo la acción del Espíritu Santo, pero la experiencia enseña que para que esto sea una realidad debemos vencer nuestras inclinaciones contrarias al Espíritu que quieren llevar nuestra vida por otros caminos. San Marcos no da detalles de las tentaciones, simple y sencillamente dice que Jesús: “Permaneció cuarenta días y cuarenta noches y fue tentado por Satanás”. El número cuarenta evoca el paso por el desierto: “Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años…” (Dt 8, 2; 29,4). San Mateo y san Lucas dicen que a Jesús se le presentó la opción de ser un Mesías materialista, pues si convertía las piedras en pan resolvería todos los problemas económicos de este mundo; o la otra opción de dejarse caer del templo para apantallar a todos significaría sucumbir ante la fama y el prestigio, es decir la imagen, el parecer en lugar del ser y, finalmente, la tentación del poder, pues si Jesús se postraba ante satanás éste le daría todos los reinos de este mundo. Las tentaciones no son otra cosa que todas aquellas pruebas o propuestas alternativas que se nos presentan, incluso aparentemente como buenas, pero que nos apartan del designio y del amor de Dios. Como sabemos estamos sometidos a todas ellas durante nuestra vida, pero Jesús es el modelo de cómo podemos vencerlas. En el desierto los israelitas fueron probados en su fe porque dudaron de Dios y se sintieron abandonados por él cuando se les habían acabado los alimentos (cfr. Ex 16, 3); sin embargo, Dios quería que maduraran en su fe y confiaran en él y para eso los alimentó con el maná e hizo brotar agua de una roca para saciar su sed (cfr. Ex 16-17). Así los israelitas aprenderían a confiar en Dios y, pasando por todas las pruebas, saldrían vencedores. En el caso de nuestro Señor Jesucristo, el evangelio de san Marcos dice que: “Vivió allí entre los animales salvajes y los ángeles le servían”. Estas palabras muestran a Jesús, como un nuevo Adán, en una escena paradisiaca, viviendo en armonía con los animales salvajes, es decir con los pequeños animales del desierto, pero al mismo tiempo se puede pensar en aquella profecía del profeta Isaías que dice: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos, y un niño los apacentará” (Is 11, 6). Lo anterior, significa que en Cristo los enemigos naturales se reconcilian entre sí. Este breve evangelio es una invitación para que todos vivamos reconciliados, en armonía, los unos con los otros, es una invitación para que nosotros nos dejemos conducir por el Espíritu para adentrarnos en el desierto espiritual de la cuaresma. En efecto, la cuaresma puede ser un desierto espiritual, si movidos por el Espíritu, nos encaminarnos haciendo un camino de oración, de penitencia y de caridad que nos conduzca a la celebración de la Pascua, al final de la Semana Santa, en la Vigilia Pascual, el sábado Santo por la noche, donde ya no es una celebración del sábado, sino la gran Fiesta de la Resurrección, la fiesta número uno porque la Resurrección de Cristo es el misterio central que ha cambiado el mundo y, que puede cambiar nuestra vida, pues nos da la esperanza de la vida eterna, porque si Cristo resucitó es posible la resurrección para nosotros también. Dice san Pablo que: “El mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11). El evangelio de hoy dice que Jesús predicaba: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca. El tiempo también ha sido redimido por el actuar de Dios en el tiempo. Dios intervino en el tiempo con la creación, luego con la elección de un pueblo al que liberó de la esclavitud de Egipto y comenzó su reinado en este mundo en el pueblo de Israel y a través de este pueblo quiso darse a conocer a todos los pueblos. Más tarde en medio de este pueblo envió a su Hijo quien anunció la presencia y cercanía del Reino de Dios, pero sobre todo Jesús con su misma persona hacía presente el Reino de Dios, por eso decía san Cipriano que así como Jesús es la resurrección porque en el resucitamos así él es el Reino porque en él reinamos. En efecto, Dios no quiere la muerte, es un Dios de vida, dice hoy en la primera lectura: “No volverá a destruir la vida”. La vida humana, que es un don de Dios, tiene como plenitud la vida eterna, por eso la resurrección de Cristo tuvo efecto incluso sobre los que habían muerto en tiempo de Noé, como nos dice san Pedro hoy en la segunda lectura. Finalmente, dice Jesús: “Arrepiéntanse y crean el Evangelio”. La Cuaresma es tiempo de conversión, es decir tiempo de cambiar de mente, de corazón y de acción. Tiempo de colaborar más con la gracia de Dios para que sucedan en nuestra vida los cambios que queremos lograr. Para ello necesitamos hacer un camino espiritual pera convertirnos a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. Para convertirnos a Dios es necesaria la oración; para convertirnos al prójimo, la caridad; para convertirnos a nosotros mismos, el ayuno, es decir no sólo el dejar de comer, sino ofrecer a Dios nuestras dificultades, penas y dolores. Hay que tener en cuenta que, si creemos en Jesús y en sus palabras, y nos ponemos a seguirlo, va a ser necesario pasar por el desierto espiritual de la cuaresma y, si esto sucede, van a aparecer los desalientos y las tentaciones, incluso puede ser que vivamos entre animales salvajes, es decir entre las inclinaciones contrarias al espíritu que tratarán de apartarnos de los buenos propósitos de la Cuaresma; pero no estaremos solos, como a Jesús, los ángeles nos servirán y ayudados por Cristo, con la gracia de Dios, si luchamos, todo lo vamos a vencer; si no luchamos, ya estamos vencidos. Cristo dijo: “Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Si seguimos a Cristo, el Reino de Dios está cerca de nosotros ¡Que así sea!